Soñé que era un toro…

La temática de este juvenil blog no es la política, aún así a mí me gusta la política social, creo fervientemente que muchas cosas deberían cambiar o abolirse, aunque es utópico pensar en uno de los modelos económicos con los que me sentiría a gusto, iría en contra de mi mis ideología, habría que matar a mucha gente, quitar a libertad de otros para decidir cómo quieren vivir, se aboliría el consenso. En fin, os dejo un texto que he encontrado en eso que tanto engancha (Tuenti) de un buen amigo, el Sr. Yonki, cariñosamente para los amigos, escrito por Eduardo Álvarez de Sotomayor:

Soñé que era un toro.

Eso soñé. Y que debía tener cuidado para que nadie sospechara que era inteligente. Una bomba de relojería en la plaza. 
Me estuve haciendo el tonto hasta que me llegó el turno de ser lidiado, y continué interpretando mi papel dejándome llevar ignominiosamente por las artimañas del arrogante maestro, que se lucía a mi costa en los primeros lances con su capote. La gente aplaudía la gran faena que yo le facilitaba, y él levantaba la cabeza presuntuoso y altivo, presumiendo como si de un dios que dominase el mundo se tratara. Menudo payaso. 
Al banderillero (no sé por qué en mi sueño salió antes que el picaor), con sus saltitos de maricona, también lo dejé hacer; pero… ¡qué hijo de puta!, qué daño me hacía cuando me clavaba aquella mierda. 
Ahí se vislumbró el primer detalle de que yo era un toro atípico porque, pegado a las tablas, realicé una sacudida compulsiva consiguiendo que tres de las banderillas que colgaban de mi morro insoportablemente, saliesen disparadas volando hacia el tendido. Casualmente una se clavó en los labios carnosos de una tonadillera morena que se abanicaba distraída. Debió flipar. Se la llevaron en camilla. 
Aquello me pudo delatar, pero, aunque el gentío se sorprendió, nadie sospechó que mi movimiento fuera más allá de un mero acto de instinto animal y la diana una pura casualidad. 
Cuando apareció aquel gordo encima de su caballo con aquella tremenda puya amenazante en la mano y su carita de inmunda bestia sádica, me produjo cierto escalofrío. Pero yo era un toro, un animal fuerte, valiente y decidido, rebosante de bravura y criado para eso (aunque a nosotros lo que nos gusta es comer hierba fresca en los prados y ligar con las vacas); así que, en plan sumiso, clavé mis cuernos inocentemente en el parapeto de mi pobre “primo” el caballo (que no veía ni entendía nada) con cuidado de no dañarlo. 
Al hundirme el cerdo aquella vara en el lomo vi las estrellas. No cesaba el tormento, que se me hacía eterno con aquél cabrón descargando todo el peso de sus 100 Kg. sobre la lanza que me agujereaba el cogote. 
Perdí los papeles: el vengador ya no pudo esperar más. Con un cuerno trabé las patas del equino para que cayera sin demasiado estropicio. Una vez tendido el gordo, y con sus ojos de terror clavados en los míos, no tuve piedad. Antes de que reaccionase ya le había seccionado la femoral de su orondo muslo. El grito llegó al último confín. Lo rematé atravesándole el corazón inmisericordemente. 
Ahora sí había empezado el público a ver un espectáculo sugestivo, teñido de sangre. 
Acudieron prestos los mozos de la cuadrilla a realizar su labor de quite. Me ensañé con cada uno: los hacía volar como alfeñiques. “Ahí os quería ver, botarates. ¿Dónde se esconden ahora vuestros engaños?” Tenía que ser muy rápido en mi labor de exterminio. Atravesé gargantas, hígados, riñones… 
De reojo reconocí al banderillero, pálido como una casita de Casabermeja, que tiraba de mi rabo (éste no me lo cortareis como regalo “pal” torero, mal nacidos). Haciéndole un amago futbolístico tipo Djalminha, le corneé un ojo hasta que le oí exhalar el último aliento. 
El engreído pero acojonado espada o maestro se vio obligado a hacer acopio de su valor. Fue muy fácil para mí empalarlo ensartándole el recto, colon y vejiga. Acabé arrojándolo a la masa absorta como mi último trofeo. Alguno, presa de la histeria y la ofuscación, se atrevió a aplaudir como acto reflejo involuntario; los más, salían pitando hacia la salida. 
Otros más listos se liaron a tiros conmigo, y allí me quedé frito en medio de aquella orgía de sangre que embellecía la arena con su rojo vivo… 

Conseguí vengarme de todos mis hermanos, millones, puteados en la historia de la Fiesta Nacional u otras. Tantos como habían comido confiados en la mano del algún hombre y que luego fueron engañados con un trapo rojo hasta la desesperación, humillados, torturados y masacrados vilmente. 
Nunca fue una lucha de igual a igual hasta esta sonada tarde. 

Desperté sudando, pero no había sido una pesadilla. 

Eduardo Álvarez de Sotomayor

Aún dicen que es fiesta…si queréis, escuchar “Rojo” de Barricada, buen rock en castellano; o algo más pesado “Motxalo” de Soziedad Alkoholika.

¡Salud!

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~ por danirolo7 en enero 13, 2009.

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